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NECESITAMOS CAMBIAR PARA IMPACTAR

Por Norberto Saracco
NECESITAMOS CAMBIAR PARA IMPACTAR

Por muchos años se nos ha dicho que la Iglesia nada tenía que ver ni nada podía hacer con la realidad social. Lo más que se nos permitía y ocurría era cierto nivel de «asistencialismo». Esto tiene su explicación en nuestras raíces y herencia misionera, entre otras cosas.

Luego, y en los años más recientes, se comenzó a gestar entre nosotros que algo podíamos hacer, en especial porque mirábamos que crecíamos en número y supusimos que podíamos volcar esa influencia numérica en influencia social. Como desconocíamos el pasado, pensábamos que estábamos en una experiencia nueva. La verdad es que por siglos la Iglesia ha levantado la pregunta de cómo influenciar a la sociedad y ha intentado diferentes caminos. Inclusive en el último siglo, la teología política, el evangelio social, la democracia cristiana, etc.

Lamentablemente, muchos han caído en la trampa de pensar que los cambios vendrían mediante la política, y que entonces debíamos involucrarnos como Iglesia o al menos como pastores, en la política. Las posibilidades transformadoras de la iglesia no pasan por la política, sino por la extensión del Reino de Dios. No es mediante la lógica del poder que se cambia una sociedad.

La tentación de aprovechar el peso de los números como factor de poder es muy grande. Sería muy triste que nosotros, que como evangélicos hemos criticado siempre el uso del poder legitimando religiosamente, termináramos siguiendo el mismo ejemplo. Yo no digo que no debamos pensar en el tema del poder, pero debemos saber desde dónde lo pensamos, cuál es una forma evangélica de concebir el poder y de entender la vida política y social.

Debemos repensar la Iglesia en una dinámica abierta. No podemos hacerlo con legalismos ni respuestas cerradas. No es tarea de unos «iluminados», sino del cuerpo.

Menciono tres ejes que considero indispensables en esta tarea.

En primer lugar, el amor. Entendiendo esto como poner al «otro» como centro de nuestra acción. Lo que hagamos debe ser pensado no en función de nuestro beneficio, sino con la intención de servicio y la actitud de entrega. No nos servimos a nosotros mismos. Es tiempo de repensar una Iglesia sierva.

En segundo lugar, los valores del Reino. Debemos ejercitarnos en no confundir nuestros propios valores culturales o personales con los valores supremos del Reino de Dios.

Por último, debemos ser testigos. La misión que tenemos es ser testigos. Esto no es hablar acerca de, sino vivir de acuerdo a. Debemos profundizar el discipulado de tal manera de encarnar aquello de lo cual queremos dar testimonio. El mayor escándalo de la Iglesia es la contradicción entre lo que dice y lo que hace. Debemos llegar al punto en que la gente simplemente diga: «Yo quiero vivir como ustedes».

Sabemos que solos no podemos. Por eso en la promesa del Espíritu Santo se nos asegura que nos daría poder para ser testigos. Poder para el servicio y poder para una vida ejemplar. Ante los desafíos que tenemos los invito a que una vez más repitamos esta oración: «Que Dios nos haga conocer plenamente su voluntad con toda sabiduría y comprensión espiritual, para que vivamos de manera digna del Señor, agradándole en todo».

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