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DISCERNIMIENTO MINISTERIAL PARA ESTOS DÍAS DE PANDEMIA

Por Jorge Himitián
DISCERNIMIENTO MINISTERIAL PARA ESTOS DÍAS DE PANDEMIA

Abrirnos a los cambios que Dios, mediante su Palabra y ante las nuevas circunstancias, quiere que hagamos en nuestra estrategia ministerial.

Escuché una ilustración muy interesante cuando tenía unos 16 años. En uno de los ríos del Amazonas había árboles en las dos márgenes. Como el río no era muy ancho, las ramas de los árboles de un lado y del otro casi se tocaban, así que los monitos del lugar jugaban saltando hacia el otro lado por las copas de los árboles. De vez en cuando, alguno de ellos caía al río. Como los monos no saben nadar, la corriente lo arrastraba y el mono sucumbía. El resto de sus compañeros permanecían inmóviles, callados, serios, reflexivos; pero a los 5 minutos todo seguía como si nada. Volvían a saltar de rama en rama como si nada hubiera pasado, hasta que algún otro caía, para repetir la misma historia.

Muchas veces los seres humanos actuamos así, ante una tragedia, o un hecho que nos conmueve, como ahora ante esta pandemia. Nos detenemos, nos ponemos reflexivos, hacemos nuestras evaluaciones, procuramos entender lo que Dios nos está diciendo; pero, cuando esta dura etapa termine y volvamos a la “normalidad”, espero que, tanto nosotros los pastores como los dirigentes de las naciones, no seamos como esos monitos, y sigamos con nuestra rutina de siempre sin haber aprendido las profundas enseñanzas que todo esto nos quiere dejar. Ruego a Dios que, como sociedad y como iglesia, salgamos mejores de todo esto.

Para ello, en lo que a nosotros respecta, como siervos del Señor necesitamos discernimiento en nuestro ministerio. Necesitamos discernir entre lo absoluto y lo relativo, lo inmutable y lo variable, lo indispensable y lo prescindible, lo esencial y lo secundario, lo permanente y lo circunstancial, lo relativo y secundario. Puede haber cosas buenas, útiles y agradables, pero no indispensables. Los instrumentos musicales, el reunirse todos en un mismo lugar, evangelizar a través de un evento especial, hacer templos, etc, etc, entran dentro de esta categoría.

Lo que SI es indispensable es: La palabra de Dios. El evangelio del reino, el kerigma y la didaké. Las Sagradas Escrituras. La fe. El Espíritu Santo. La oración. La evangelización. El bautismo. El discipulado. La cena del Señor. El amor fraternal. Las buenas obras. La comunión entre hermanos. El servicio. Todos los ministerios (apóstoles, profetas, evangelistas, pastores-maestros). Todos los dones del Espíritu Santo. La generosidad. Nuestra misión en el mundo de ser sal y luz.

Y para todo esto nuestros “templos” no son indispensables. Jesús nunca dijo: Id, y haced templos. Tampoco dijo: Id, y haced reuniones. Pero sí dijo: “Id, y haced discípulos… bautizándolos… y enseñándoles… yo estoy con vosotros” (Mateo 28.19-20).

La iglesia del Señor ha demostrado a través de los siglos ser muy versátil, adaptable, a cualquier tiempo y circunstancia. Es todo terreno. Por largos períodos fue la iglesia perseguida, con un altísimo número de mártires y sufrimientos. En esos períodos difíciles era imposible tener una reunión pública o congregacional. Era la iglesia “subterránea”, la iglesia perseguida, pero nunca dejó lo absoluto, la Palabra, la oración, la evangelización y todo lo que acabamos de señalar.

La iglesia en sus primeros 300 años nunca tuvo “templos”. Se reunía en las casas, y cuando era posible en lugares públicos. ¡Fue su mejor época! Jamás se les hubiera ocurrido llamar “iglesia” a un edificio. No tenían púlpitos ni altares. No tenían escenarios ni equipos de sonido. Pero tenían lo esencial, lo indispensable, lo que no puede ni debe faltar: el Espíritu Santo y la Palabra de Dios.

En China la iglesia tiene prohibido reunirse en “templos” o en grandes salones. Funcionan por las casas. Son millones, y están creciendo mucho más que en occidente donde tenemos grandes templos. Solo les está permitido reunirse en los hogares en grupos que no superen las veinte personas. Han sabido discernir entre lo absoluto y lo relativo.

Hace dos años con Tato Himitian estuvimos en Turquía. Nos reunimos con un grupo de hermanos armenios residentes en Estambul. Eran unos 25 hermanos los que se reunían regularmente en aquella casa. No tenían instrumentos musicales, no era conveniente. Cuando cantaban o alababan, no levantaban la voz, para no ser escuchados por los vecinos. Pero oraban y daban testimonio de su conversión con mucho fervor. Fue una alegría estar con ellos, y participar en diferentes encuentros y bautismos, siempre discretamente.

Lo que estamos pasando con esta pandemia, en comparación con lo que la iglesia ha tenido que atravesar en otras épocas, es algo menor. Lamentamos los miles de muertos en cada país. Lo que más lamento es que muchos han muerto sin haber oído el evangelio. Pero, de qué vale llorar sobre la leche derramada; estamos a tiempo para hacer lo mejor que podamos con los que han quedado vivos. Los campos están blancos para la cosecha. Este es un ‘kairós’ de Dios que no podemos perder.

Nosotros sabemos y creemos, que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien. El Señor permitió todo esto para meternos en una zaranda. ¡Y vaya qué zaranda! El propósito de la zaranda es separar la paja del trigo. Lo necesario de lo superfluo, lo absoluto de lo relativo. Hay mucha paja y hojarasca hoy en la iglesia. Pablo dice que la iglesia se debe edificar con oro, plata y piedras preciosas. Pero advierte que algunos la edifican con madera, heno y hojarasca.

Nos viene bien todo esto para que podamos evaluar qué iglesia estamos edificando. Lo que estamos edificando ¿pasará la prueba del fuego? El fuego acaba con todo lo banal, con la superficialidad, la religiosidad, la carnalidad. Todo lo que es madera, heno y hojarasca se quema rápidamente. Pero el fuego, también cumple otra función: purifica el oro, la plata y las piedras preciosas. ¡Saldremos mejores de todo esto! Al menos, es lo que Dios se ha propuesto, lo que está “tramando”.

Termino con una frase que hace algunos años nos compartió el pastor francés Pierre Truschel, ya con el Señor: “Durante 30 años, como pastor pentecostal, trabajé como un burro para Dios, hasta que en el lecho de un hospital comprendí que la cosa no es trabajar para Dios, sino trabajar con Dios”. Si nos humillamos delante de Dios y buscamos su rostro, él nos hablará. Y saldremos mejores de todo esto. Nos concentraremos en lo importante, en lo trascendente: la Palabra y la oración. Yo no quiero perder los últimos años de mi vida construyendo lo que el fuego acabará. Quiero invertir en la que perdurará por la eternidad. ¿Qué es? Ganar a los perdidos y edificarlos a la imagen de Jesús. El resto, como decimos en Argentina, es “cháchara”, Es decir, vana palabrería. Dios nos ayude. Amén.

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