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la familia pastoral

¿AYUDA IDÓNEA?

Por Bernardo Affranchino
¿AYUDA IDÓNEA?

Muchos matrimonios cristianos discuten por tonterías; hay personas que evalúan si su cónyuge es más bueno o más malo basándose en si plancha bien la camisa o mantiene el césped corto. Estas evaluaciones generalmente desembocan en lugares a lo que ni ellos mismos saben cómo arribaron.

La mayoría de las situaciones y las tensiones en la vida matrimonial, hablando del matrimonio pastoral, tienen que ver con la diferencia de apreciación y con la dificultad para captar determinados detalles en la relación.

En Génesis 2:18-19 vemos el diseño original del matrimonio. No sé en qué momento determinamos que las mujeres son ayuda adecuada, o idónea, porque La Biblia dice algo diferente. Dios creó los animales y los puso a cargo de Adán. Tal vez como Adán no encontró ayuda adecuada, argumentamos que al sacar la costilla de él para formar a la mujer esa era la ayuda que necesitaba.

Sin embargo, la verdad es que el tema de la ayuda adecuada no vuelve a aparecer en el lenguaje ni en los comentarios de Dios. Más bien, La Biblia dice claramente: No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada. Así que Dios formó las bestias del campo y las presentó a Adán para que les diera un nombre a cada una. Ese es el motivo por el cual tenemos nombres de animales tan raros. Adán había empezado bien, ¡pero llegó un momento en que ya no sabía qué nombre inventar! Dios le había creado a los animales, pero lo seguía viendo solo, incompleto, y fue por eso que, le creó a la mujer.

A veces tenemos paradigmas, pensamientos que a fuerza de repetirlos tantas veces, se han transformado en verdades para nosotros. Reducir a la mujer al rol de “ayudante” del hombre es uno de ellos. En el ministerio ocurre lo mismo, decimos que las mujeres nos “acompañan”. “Ahí viene el varón de Dios”, dicen, “y allá viene la que le lleva La Biblia; cría a los hijos y se ocupa de tratar de contener los comentarios, entre otras cosas”.

Cuando Dios vio al hombre incompleto, lo durmió, sacó material de su mismo ADN, su misma sustancia, y creó a la mujer. De manera que cuando Adán se despertó y la vio, la llamó “Varona”, porque se vio a sí mismo pero con otra forma. Varona era el nombre de la mujer, la pareja de Adán, cuando Dios la creó. Dios no creó a la mujer y la llamó Eva. ¿Cuándo la mujer empezó a llamarse Eva? Después de la caída.

Hasta la caída, tanto el hombre como la mujer se llamaban Adán y eran la misma sustancia, uno solo. Entre ellos no había límites ni tensiones, ni debates del lugar que ocupaban, tampoco había discusiones sobre quién era la cabeza y quién se tenía que someter o sujetar, o sobre quién tenía que pagar la factura del gas. Eran la misma cosa y ambos se llamaban Adán.

En aquel momento, Adán vio a la mujer y exclamó: “Es yo mismo”, por eso decidió llamarla como se llamaba él, pero en femenino, porque se dio cuenta de que tenía otro género pero la misma sustancia. Este es el diseño, la idea original de Dios. Los dos se llamaban Adán, tenían el mismo nombre y la misma sustancia, estaban formados de lo mismo, amaban y cuidaban el huerto, compartían el mismo sentir, el mismo pensar y el mismo decidir.

Pero, aunque eran lo mismo, no estaban fusionados al punto de perder la capacidad individual de decidir. Por ese motivo, Eva, estando sin Adán (la mujer recibiéndose de Eva), tomó una decisión que su marido no había tomado: comer del fruto. ¿Por qué la mujer comió del fruto? Porque seguía manteniendo su capacidad de decidir, y aunque sentían igual, tenían la misma sustancia pues habían sido creados de lo mismo, amaban al mismo Creador y buscaban agradar al mismo Rey, mantenían la libertad que trae la individualidad. Era una unión compuesta donde se mantiene la integración y la individualidad.

Muchas veces ocurre que buscamos tal nivel de fusión con nuestro cónyuge, que a la gente se le hace difícil percibir dónde termina la esposa y dónde empieza el marido. Pero aunque busquemos ese nivel de unidad donde el marido piensa algo y la esposa puede decir qué está pensando (la capacidad sobrenatural que tienen las mujeres de leer la mente), en ningún punto reemplazamos al otro, sino que el otro mantiene su capacidad de decidir, tal como hace Cristo con nosotros, que nos toma como Señor (Él es el Rey, el dueño), pero nos permite seguir manteniendo nuestra libertad de decisión.

Este es un desafío gigante para la familia cristiana, pero la realidad es que los matrimonios de nuestros ministerios nunca podrán superarlo si nosotros, los pastores, no lo vivimos primero. Por otro lado, es importante recordar que las consecuencias de esa ruptura quedaron instaladas en el género humano

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