Artículo

la familia pastoral

APUNTAR A LO MÁS ALTO

Por Bernardo Affranchino
APUNTAR A LO MÁS ALTO

A menudo, la palabra sumisión se usa mal. No significa convertirse en una persona de poco carácter. Cristo, ante quien se doblará “toda rodilla“ (Fil 2), sometió su voluntad al Padre y honramos a Cristo al seguir su ejemplo. Cuando nos sometemos a Dios, tenemos buena disposición de obedecer sus mandamientos relacionados con someternos a otros, o sea, subordinar nuestros derechos a los de ellos. En una relación conyugal, ambos esposos tienen el llamado a someterse. Para la esposa, esto significa sujetarse voluntariamente al liderazgo de su esposo en Cristo. Para el esposo significa echar a un lado sus intereses a fin de cuidar a su esposa. La sumisión rara vez es un problema en hogares en los que los esposos mantienen una sólida relación con Cristo y en el que cada uno está interesado en la felicidad del otro.

Aconseja someterse unos a otros por elección: las esposas a los esposos y también los esposos a las esposas; los esclavos a los amos y también los amos a los esclavos, los hijos a los padres y también los padres a los hijos. Este tipo de mutua sumisión preserva el orden y la armonía en la familia, mientras incrementa el amor y el respeto entre los que la integran.

La iglesia es el cuerpo de Cristo, y él es su cabeza, por lo tanto, no se puede separar el uno del otro. En esta unidad de cabeza y cuerpo, Cristo, la cabeza, dirige el crecimiento del cuerpo para sí. Él no es simplemente la fuente del ser del cuerpo, sino también la consumación de su vida. La cabeza no se considera como asiento del intelecto, sino como la fuente de la vida.

Cuando se habla de Cristo como cabeza de su cuerpo, o sea la iglesia, y cuando se habla del hombre como cabeza de la mujer, predomina el significado básico de la cabeza como la fuente de la vida y la energía. La idea de la sumisión de la esposa no es muy popular hoy en día. Pero ¿qué tal si, dejando a un lado los prejuicios, intentamos hacer algo más radical que una simple lectura feminista de lo que el apóstol Pablo intenta trasmitir al hablar de la necesidad de que la esposa se sujete a su marido? Una buena pregunta, entonces sería: ¿Qué significa que el marido es cabeza de su mujer? El marido como “cabeza” es llamado a abandonar su egoísmo al darse a su esposa “así como Cristo amó a su iglesia” y se entregó a sí mismo por ella. Este amor que tiene como modelo la entrega de Jesucristo por su iglesia es la dinámica que establece la unidad de la pareja. El llamado es, por lo tanto, al sacrificio y no al dominio, al cuidado amoroso. Ser cabeza significa quitar de sobre la esposa la carga innecesaria, la responsabilidad de dirigir, cuidar y proveer para el hogar, esposa e hijos en lo físico, y en lo espiritual. El esposo deberá asumir su irremplazable papel de liderazgo en el matrimonio a partir de lo que es Cristo en su relación con la iglesia. El liderazgo es el llamado divino a un esposo para que asuma la responsabilidad primordial de ser como Cristo: en su hogar debe ejercer su liderazgo, protección y provisión como un siervo. Así como el marido es una sola carne con su esposa, Cristo es un solo cuerpo con la iglesia. Cuando el esposo alimenta y cuida a su esposa, se alimenta y se cuida a sí mismo; y cuando Cristo alimenta y cuida a la iglesia, se alimenta y se cuida a sí mismo.

“A fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.” (Efesios 5: 27).

Tremendo pasaje para una reflexión sobre la vida de pareja. Hemos leído pensamientos acerca del lugar de la esposa y el esposo en la vida familiar y conocemos la vieja discusión de roles a partir de definiciones mal entendidas. Es por ese mal entendimiento de lo que significa el rol de liderazgo del varón en el hogar que se utilizan aún hoy porciones de ésta misma carta del apóstol Pablo para promover un rol que cae más en el machismo carnal, que una actitud de cuidado espiritual. Hombres y mujeres somos diferentes y estamos llamados, a partir de esas diferencias a complementarnos y así construir algo sólido y perdurable. Esas diferencias, sin embargo, se dan en un marco de unión donde ni el varón es más que la mujer, ni la mujer más que el varón. Por eso tenemos que “someternos los unos a los otros”, y ésa frase es la síntesis de todo el asunto. Ahora bien, aunque la responsabilidad de la conducción del hogar es compartida, la carga sobre el varón es mayor. Pablo invita al hombre a ejercer un liderazgo de entrega similar al de Cristo, donde lideró, y aún lo hace, a su propia esposa llamada iglesia, a través de la devoción, cuidado y atención.  El éxito del liderazgo familiar del varón es el bienestar de éstos que lidera, partiendo de su esposa como primer objetivo a alcanzar, por eso decimos que el sinónimo de éste liderazgo es “cuidado” y no “mando”. Un llamado a una entrega masculina, que aún se reflejará en la intimidad de la vida sexual de ese matrimonio, buscando la felicidad y placer de su cónyuge como meta a celebrar, abandonando aquello que pudiera “arrugar o manchar” a su mujer. Hace años tuve la oportunidad de leer una nota de un autor norteamericano llamado Tim La Haye, el cual expresaba que cuando un varón encuentra a su esposa amargada o reaccionaria, antes de reclamarle nada a su mujer debería sentarse a revisar su liderazgo masculino, a la luz de de éste pasaje. Fuerte pero cierto. Es un tiempo de tantas incertidumbres que estas palabras parecen inadecuadas. Quizás debiéramos estar hablando de tratar de limar diferencias y sino buscar otro rumbo. De ninguna manera. Prefiero el camino trascendente, el que tiene que ver con ser aquellos que debemos ser. Esposos, edifiquen a sus esposas. Esposas, déjense edificar.

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