HAMBRE POR HAMBRE
jueves 30 septiembre 2021

HAMBRE POR HAMBRE

“Cuando abres tu mano, sacias el hambre y la sed de todo ser viviente.” (Salmos 145.16)

Los peores momentos de nuestra vida cristiana, no son aquellos en los que estamos secos o desiertos, porque más tarde o más temprano nuestra conciencia de aridez hará que nos volvamos a Él a buscarlo. El momento de mayor peligro es cuando nos sentimos saciados. 

Cuando creemos que estamos tan bien, que ya no necesitamos nada nuevo del Espíritu Santo. Es cuando caemos en la chatura de lo siempre conocido. Es cuando equivocadamente confundimos nuestra relación continua con el Espíritu Santo con una experiencia que hayamos tenido con Él. 

Las hermosas experiencias vividas con Él siempre nos llevan a un nivel nuevo en nuestra vida espiritual. Pero una vez que esa vivencia se establece, nos sentimos felices con lo vivido, y corremos el riesgo de perder el hambre por más. “Atrapamos” la experiencia, en lugar de dejarnos atrapar por el Espíritu Santo. Poseemos lo vivido como parte de nuestro inventario, en lugar de dejarnos poseer por el Espíritu de Dios. 

Pero cuando de lo que se trata, no es sólo lo que hemos experimentado, lo que hemos sentido, sino principalmente de una relación maravillosa, íntima, sostenible en el tiempo y sobre todo creciente con una Persona: el Espíritu Santo, entonces, cada día comprendemos que siempre hay más de Él y más por conocerle.

El Espíritu Santo es el siempre por ser conocido 

En varias ocasiones en mi vida me fue revelado por el Señor, que yo había perdido el hambre, la sed por más de la Persona del Espíritu Santo y de una relación renovada con Él. Que ya no tenía esa “santa insatisfacción”. Y comprendí que únicamente pueden ser saciados con más, los que tienen hambre y sed. 

En más de una oportunidad me sentía bien. Espiritualmente, ministerialmente, familiarmente. Estaba satisfecho con mi vida: no necesitaba más. Fueron los momentos de mayor peligro de mi historia. No porque estuviera en pecado, no porque me fuera mal. Sino porque había perdido el hambre. 

Y cuando no tienes hambre no puedes recibir más del Espíritu Santo. Allí aprendí que el ayuno es una herramienta maravillosa para salirse de ese modo de hibernación, de pasividad, de saciedad falsa. Y pedirle al Señor que produzca en nosotros un hambre nuevo.

Cada día en el que nos privamos de comer, obviamente sentimos hambre física. Y es en esos momentos en que yo vuelvo a pedirle al Espíritu que abra mi apetito espiritual. Que necesito tener hambre de Él, para ser nuevamente saciado y llevado por Él a una relación más íntima, profunda, con Él, y sus cosas. 

Y lo mismo sucede con los otros tipos de ayuno. Cada momento en que por haberte privado de algo que te gusta, o de algo que tiene una fuerza muy grande en tu vida, buscas al Señor, Él hace realidad aquello que su palabra dice: “Pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer” (Filipenses 2.13). Él producirá en ti un nuevo deseo por más de su Espíritu, y al mismo tiempo Él te saciará una y otra vez.

 


Photo by Aziz Acharki on Unsplash

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