POR QUÉ CREO QUE HAY ESPERANZA PARA ARGENTINA
viernes 13 septiembre 2019

POR QUÉ CREO QUE HAY ESPERANZA PARA ARGENTINA

Pablo le dijo a Tito que para que Creta fuera transformada debía predicar el Evangelio, las buenas noticias del Reino de Dios. Creo que esta frase resume de forma contundente el mensaje:

“Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación y nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas. Así podremos vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio, mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien. Esto es lo que debes enseñar…” (Tito 2:11-15)


¡Claro que hay esperanza para Argentina! Porque en este precioso país, formado por personas esforzadas, íntegras y solidarias, a quienes Dios ama con locura, hay un pueblo dedicado a hacer el bien.

Cada vez estoy más convencido de que la Iglesia es la verdadera esperanza para la Argentina y para el mundo, ya que ofrece:

1. El mensaje del Evangelio que va a la raíz de todos los problemas, nuestro ego, y provoca una transformación integral del ser humano. ¡Qué fácil es ponerse de acuerdo, en política y en cualquier área, cuando dejamos de lado nuestro ego! ¡Qué rápido podríamos levantarnos como nación!

2. Un sistema de valores diametralmente opuesto al individualismo y al materialismo, que reordena la vida humana: la cultura del Reino de Dios.


3. Una comunidad humana alternativa, que funciona como familia sustituta o complementaria, brindando a sus miembros sanidad, afirmación, contención y formación integral para la vida.

Frente a problemas como la epidemia de la soledad, considerada una de las principales epidemias del Siglo XXI por la Organización Mundial de la Salud, la crisis de orfandad funcional en niños y adolescentes, cuyos padres están ausentes de sus funciones parentales, las relaciones líquidas, la proliferación del suicidio a temprana edad, el síndrome del burnout, los trastornos de alimentación, el uso masivo de ansiolíticos, la violencia intrafamiliar, la promiscuidad sexual, las diferentes patologías psíquicas y demás flagelos sociales, la Iglesia, más que nunca, está llamada a ser lo que siempre se supuso que fuera: una gran Familia de familias, y una Familia para aquellos que no tienen familia.

No es extraño que Pablo haya puesto su esperanza de transformación en los padres y madres de Creta, antes que en sus políticos, economistas, filósofos, poetas o guerreros, por importantes que sean todos estos actores sociales. La familia es la primera escuela de virtudes humanas, y donde la familia muchas veces falla, allí emerge la Familia de familias, la Iglesia, el invento más extraordinario de Dios.

Por eso, creo en un futuro bendito para la Argentina, gane quien gane las próximas elecciones.

Creo en una Iglesia madura, que predica y vive el mensaje solemne que Pablo le encomendó a Tito. En propias palabras del apóstol, que “Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia”. La gracia que alcanza a todos, que no excluye a nadie. La gracia que no ve en una chica de pañuelo verde a un enemigo sino una vida necesitada de amor y familia. La gracia que sana, que reconcilia, que une, que construye puentes, que cierra grietas y heridas, que ablanda el corazón. Como dijo Brennan Manning, “La mayor necesidad para nuestra época es que la Iglesia se convierta en lo que pocas veces ha sido: el Cuerpo de Cristo con la cara al mundo, al amar a los demás sin importar la religión ni la cultura, al entregarse a una vida de servicio, al ofrecer esperanza a un mundo aterrado y al presentarse como una alternativa verdadera a los acuerdos existentes. La Iglesia… es un grupo de personas en el que el amor de Dios ha quebrado la maldición de los demonios y de los falsos dioses y que ahora impacta al mundo”.

Esa es la gracia que trae salvación. Y esa es la gracia que también discipula, la que “nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas”

Más que nunca, creo en una Iglesia llena de gracia y de verdad, dedicada a hacer y enseñar el bien.

Una Iglesia que bendice, que une, que integra, que sana. Una Iglesia que mira a través de los ojos de Dios. Que allí donde el mundo ve a un perezoso, ella descubre el potencial divino y lo activa con la fuerza de su amor dignificante. Que a los que el mundo llama incapaces o perdedores, ella los considera más que vencedores. Una Iglesia que cancela las maldiciones pronunciadas por los padres, que le dice a los Gedeones abatidos de la Argentina “Dios está contigo, varón esforzado y valiente”.

Una Iglesia que discipula, que enseña a vivir, que da herramientas, que rescata de la ignorancia, que potencia, que libera, que pone en pie a los caídos, que forja mentalidades victoriosas y prósperas, que ayuda a pensar y a asumir responsabilidades, que promueve, que predica el “pack completo” de virtudes, que levanta líderes siervos para todas las esferas e instituciones sociales.

Una Iglesia que sabe que su lucha no es contra sangre y carne, que no se engancha en discusiones necias y sin sentido (Pablo le recuerda eso a Tito varias veces). Una Iglesia en la que “el amor de Dios ha quebrado la maldición de los demonios y de los falsos dioses y que ahora impacta al mundo”.

Creo en Dios y creo en su Iglesia, y por eso creo, - mejor dicho, estoy convencido-, de que hay esperanza para Argentina. ¡Sigamos bendiciendo a nuestra amada nación!

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