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LA GENEROSIDAD EN EL REINO

Humberto Golluscio
LA GENEROSIDAD EN EL REINO

Para la Argentina, sumida en una de las crisis económicas más serias de su historia, hablar de recursos es casi como hacer mención del pan de todos los días. El bolsillo vacío y los sueños perdidos no sólo son una realidad que a afecta a personas, familias e iglesias, sino que han sido un verdadero camino cuesta arriba para muchas congregaciones y han planteado un desafío muy serio para el buen desempeño de la tarea encomendada.

Debemos prestar atención al principio bíblico de la generosidad. Es notable la enorme cantidad de referencias y ejemplos que la Biblia nos presenta. Se destaca de manera especial la enseñanza de Jesús en cuanto a dar sin esperar nada a cambio, y sobre todo, a hacerlo con humildad. En el Sermón del Monte Jesús nos amonesta con claridad “Cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha” (Mateo 6.3)

Esto es posible solo cuando tomamos conciencia de que no somos nosotros los que damos, ni facilitamos algo que nos pertenezca por derecho. Apenas somos instrumentos en las manos de Dios para bendecir a otros, y administradores de lo que hemos recibido de Él para dar. Si es cierto que Jesucristo es el Señor, esto significa que Él también es el Señor y dueño de todo lo que tenemos, incluyendo el dinero.

Es normal que los padres invirtamos lo mejor en nuestros hijos. Nos preocupamos por su educación y futuro. Queremos ayudarlos económicamente a fin de que den sus primeros pasos con mayores ventajas que las que nosotros pudimos haber gozado. Hacemos todo lo posible por facilitarles su casamiento, comprar o alquilarles una vivienda, adquirir su primer vehículo, pagar sus estudios, etc., sin esperar nada a cambio. Nuestra generosidad hacia nuestro linaje es simplemente la expresión de nuestro amor y responsabilidad con ellos. Por supuesto que esperamos que ellos hagan lo mismo por sus hijos, y de este modo, confiamos en que el espíritu de generosidad pasará de una generación a otra.

En la iglesia, que es la familia de Dios, pasa lo mismo. Cuando una congregación es enseñada a invertir tiempo, dinero, esfuerzo y oportunidad en el reino de Dios, y no sólo en lo local, se va a cumplir una ley bíblica: la ley de la siembra y la cosecha. El apóstol Pablo es quien formuló esta ley en Gálatas 6:7 “…todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Esto no sólo tiene que ver con la calidad de lo que se siembra, sino con la cantidad. Como enseñó el mismo Pablo “El que siembra escasamente, también segará escasamente, y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Corintios 9:6)

En la Iglesia del Centro, Buenos Aires, hemos comenzado a aprender el principio de la generosidad de manera experiencial. En la década del 90 nuestros pastores lanzaron un desafío atrevido a la iglesia: levantar una ofrenda sacrificial, aparte de los diezmos y ofrendas regulares, destinada a comprar unos terrenos sobre una importante avenida céntrica. Al cabo de un tiempo, y de mucho esfuerzo, logramos reunir unos U$S 400.000. Si bien el monto necesario para la adquisición de estos terrenos superaba el millón de dólares, con la suma obtenida teníamos un importante anticipo para comenzar a negociar en pro de la visión. Pero cuando nos reunimos, los dueños de la propiedad se burlaron de nosotros diciendo que si no contábamos como mínimo con el 80% del monto total del precio establecido, no estábamos en condiciones de ser los compradores. Realmente no entendíamos. Estábamos confundidos porque habíamos recibido palabra de Dios y la confirmación de éstas, Dios nos había entregado esos terrenos para que los usáramos para Su gloria y la extensión de Su reino. Además, estábamos muy satisfechos y contentos con el resultado de la ofrenda sacrificial.

Pasaban los meses, la negociación y el diálogo con los vendedores estaban estancados, habían sido terminantes en su planteo. En estas circunstancias, el capital reunido comenzó a transformarse en un problema. “Hagamos un plazo fijo” “Compremos dólares” “Pongamos una parte en una cuenta corriente y con el resto compremos oro”. En fin, cada miembro de la iglesia era economista experto, que sugería las más diversas estrategias a seguir. La comisión encargada del manejo de estos fondos nos reunimos con los pastores y nos pusimos a orar por esta cuestión, que nos preocupaba.

Fue en este contexto de oración y búsqueda del Señor, que alguien sugirió “Lo que tenemos que hacer es sembrar en otros ministerios. Hay un pastor en el sur del país que tiene la visión de comprar un terreno de casi dos hectáreas para construir un templo con capacidad para unas 3.000 personas, con una escuela y una radio FM. Es una gran oportunidad para él y su congregación, pero necesita U$S55.000. ¡Ayudémoslo!” Alguien más dijo “Una de nuestras congregaciones en Caleta Olivia, Santa Cruz, está queriendo comprar una casa y edificar un templo. Necesitan unos U$S 60.000 y sería bueno si pudiéramos darles una mano”. A este se agregó otro señalando “Hay un hogar de niños en Longchamps en estado sumamente precario y están a punto de ser desalojados. Más de 50 niños van a ir a parar a la calle. Tenemos que invertir en este proyecto”. Y así fueron surgiendo otras ideas.

En poco tiempo logramos resolver qué hacer con el dinero… en el banco no nos quedó nada. Fue en ese momento en el que los propietarios de los terrenos nos llamaron para decirnos que estaban dispuestos a escuchar nuestra oferta. ¡No lo podíamos creer! Pensábamos que si cuando teníamos U$S 400.000, guardados en una caja de seguridad en un banco, no nos habían querido vender, ahora cuando se enteraran de que no teníamos nada para darles de adelanto, no nos iban ni a recibir. No obstante, armados de fe y descansando en el Señor, fuimos a esa reunión llevando una carta escrita por nuestros pastores. Algunos párrafos eran bastante atrevidos, apuntaban “Esos terrenos nos pertenecen”, “Dios ya nos ha entregado ese lugar y ustedes son simplemente administradores temporales del mismo” y “todo lo que podemos comprometer son pagos mensuales de US$ 10.000”.

¡¡Ocurrió lo inimaginable! Estos avezados hombres de negocios, especializados en inmuebles y acostumbrados a no cerrar ningún trato por menos de un 50% de su valor, nos vendieron los terrenos sin que pusiéramos un solo dólar sobre la mesa, a pagar en cuotas y con un interés hipotecario significativamente inferior al de la plaza en aquel momento. A los dos años de estar pagando puntualmente cada mensualidad, un generoso hermano de otro país nos donó el dinero para comprar un terreno lindero de más de 600 m2., que agregó un valor significativo a la propiedad original. A pesar de la crisis terrible que experimentamos durante esos años en Argentina, la iglesia continuó pagando fielmente sus cuotas mensuales. Y luego, durante años, renovamos el compromiso de una ofrenda sacrificial para la edificación del Santuario, al que nos mudamos en Marzo del 2016, para la gloria del Señor.

¿Qué nos quiere enseñar Dios con esta experiencia? Evidentemente, Dios tiene un gran sentido del humor y una lógica imposible de entender o encasillar. Su economía es muy distinta a la nuestra. De esto extraigo varias lecciones:

  • 1-Es necesario que levantemos los ojos de la fe. Como seres humanos limitados, tenemos proyectos con una visión que generalmente no va más allá de la iglesia local. Dios quiere que elevemos nuestra mirada para que tengamos una perspectiva de Su reino.
  • 2-Cuando sembramos en otra chacra, Él prospera la nuestra con abundancia. Dios no es deudor de nadie, pero quiere bendecirnos en la medida en que aprendamos a ser de bendición para otros.
  • 3-Es imposible cosechar si primero no sembramos. La calidad y cantidad de la siembra determina la calidad y cantidad de la cosecha.
  • 4-Uno tiene que dar el primer paso y hacer todo lo que puede. La Palabra nos aconseja “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas…” (Eclesiastés 9:10) Si hacemos todo lo posible, entonces Dios se va a encargar de lo demás, porque “no hay nada imposible para Dios” (Lucas 1:37)
  • 5-Necesitamos personas y empresas cristianas que esté consagradas al reino. La generosidad en el reino no sólo resulta en el cumplimiento de los planes de Dios sino también en la prosperidad personal.

El que invierte en el reino tiene su recompensa. Quien busca primeramente el reino de Dios y su justicia, puede estar seguro de que todas las demás cosas vendrán por añadidura (Mateo 6.33)

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