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JONATHAN EDWARDS, INSTRUMENTO DE DIOS PARA EL AVIVAMIENTO

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JONATHAN EDWARDS, INSTRUMENTO DE DIOS PARA EL AVIVAMIENTO

Su padre, Timothy, era pastor congregacionalista. Al ser el único varón, el joven Jonathan parecía destinado a seguir los pasos de su padre en el ministerio. La sociedad de Nueva Inglaterra era nominalmente e institucionalmente protestante ya que sus orígenes se remontaban al siglo XVII, cuando los “padres peregrinos” (puritanos descontentos con la Iglesia de Inglaterra) cruzaron el Atlántico para establecerse en una tierra donde poder instaurar una teocracia basada en la Palabra de Dios. En una sociedad como esta, la figura del pastor era muy respetada y el ministerio era, por tanto, algo deseable desde un punto de vista humano, además de espiritual.

Siendo sólo un adolescente, fue encaminando sus estudios hacia la teología. En 1718 ingresó en la recientemente fundada universidad de Yale. Al igual que la conocida universidad de Harvard (Boston), Yale era un lugar de formación para pastores y hombres de leyes (legisladores, gobernadores, abogados, etc.). Aunque Edwards iba asumiendo la vocación del ministerio, mantuvo durante toda su vida un insaciable interés por las ciencias naturales, la historia y otras áreas del saber. La formación recibida en Yale abarcaba estos conocimientos además de las letras (filosofía, literatura clásica, griego y hebreo, y teología bíblica). Aunque podrían destacarse muchas cosas del intelecto y capacidades de Edwards, lo más importante en su vida fue que Dios quiso usarle como instrumento para la conversión de muchos y para la defensa de la verdad.

Aunque Jonathan estuvo influido desde que nació por la predicación de la Palabra de Dios, los devocionales familiares, y cultos de domingo y entre semana, más tarde explicaría que su interés por la religión durante su niñez había estado impregnado de sentimientos de autosuficiencia y justicia propia. En su adolescencia padeció una grave enfermedad que le acercó a la muerte y, como él mismo dijo, Dios le “sacudió sobre el hoyo del infierno”. Edwards no estaba ahora tan seguro de que fuese cristiano realmente. Por este tiempo y de manera gradual, fue entendiendo que sólo la gracia soberana de Dios podía salvarle y no sus obras o esfuerzos. Durante sus años de estudiante había cuestionado las doctrinas de la gracia, y muy particularmente la enseñanza bíblica de que Dios salva a quien quiere “según el puro afecto de su voluntad” y es totalmente libre en su elección. Sin saber cómo, Edwards aceptó que Dios era perfectamente justo al obrar de esta manera, y no sólo eso, sino que era una razón más para adorarle y deleitarse en Él.

La experiencia espiritual verdadera, como explicaría más adelante en sus sermones y escritos, no consiste en estar seguro de que uno es salvo y deleitarse en que es amado por Dios; más bien, el creyente se fija en Dios mismo y aprecia que es perfecto en todos sus atributos y hermoso y majestuoso en sí mismo. Un espíritu de adoración consiste en desprenderse de uno mismo y acercarse contrito y humillado ante la presencia de un Dios santo. La santidad de Dios era para Jonathan Edwards lo que hacía deseable conocerle y estar en Su presencia por toda la eternidad. La vida de este joven había cambiado con esta visión renovada de la divinidad y con una nueva determinación de vivir para Su gloria.

Después de un breve período como ayudante de pastor, finalmente Edwards se estableció como pastor en Northampton (Massachusetts). Era un pueblo pequeño (unos 1.200 habitantes) pero conocido por su fervor religioso, aunque los que eran formalmente miembros de la iglesia y tomaban la santa cena eran menos del 50% de la población. Su abuelo materno, que fue pastor de esta iglesia hasta su muerte en 1729, había sido un gran predicador y había visto varios avivamientos durante su ministerio. Durante los años 1734-35, siendo Edwards pastor, hubo un avivamiento espiritual en Northampton y otros pueblos cercanos. Más de 300 personas se convirtieron al Señor en unos seis meses en Northampton tan solo. Edwards describiría más tarde este avivamiento como un “derramamiento del Espíritu de Dios” y un tiempo de “conversiones sorprendentes”. Leyendo los sermones que Edwards predicó durante este período, podemos constatar que este “avivamiento” no fue un mero entusiasmo pasajero o un desvarío emocional (como afirmaban los críticos), sino que estuvo motivado por la predicación del verdadero evangelio y por la comprensión por parte de la gente de que el arrepentimiento era urgente, el infierno era real y que Cristo era el único camino de salvación. Cada sermón estaba encaminado a que la gente se aferrase al sacrificio de Cristo para perdón de los pecados y para ser justificados ante Dios. Edwards exhortaba a los creyentes desde el púlpito a que viviesen una vida en santidad para la gloria de Dios, en total dependencia de Él.

El ‘gran avivamiento’ que afectaría a toda Nueva Inglaterra, a otras colonias americanas y a varias partes de Gran Bretaña llegaría diez años después (1740-42) con la llegada del gran predicador George Whitefield. La influencia de este anglicano de convicciones calvinistas sobrepasó a la influencia de cualquier político americano de la época. Con una tremenda voz y una excelente retórica se dirigía a multitudes, en ocasiones de más de 10.000 personas, en iglesias, campos y parques. Benjamin Franklin, más tarde político y fundador de los Estados Unidos, calculaba que Whitefield podía dirigirse a 30.000 personas y ser oído con claridad.

Aunque John Wesley, que también era anglicano, ha sido considerado el predicador más influyente de esta época, lo cierto es que la influencia de Whitefield en las colonias americanas fue mucho mayor. Mucho podríamos decir de este personaje, pero aquí mencionaremos brevemente cuál fue su relación con Jonathan Edwards.

La congregación de Northampton tuvo la oportunidad de escuchar la predicación de Whitefield y un testigo presente en aquella ocasión afirmó que las lágrimas no cesaron de fluir por el rostro de Edwards. La predicación de Whitefield era sencilla y directa. Abundaba en los temas del nuevo nacimiento y la justificación por la fe, llamando en nombre de Dios a todos al arrepentimiento y a volverse a Dios por medio de Jesucristo. Más tarde se formaría una gran polémica en torno a su forma de predicar y a la forma en que este avivamiento se estaba desarrollando. Para los más críticos, se estaba fomentando el desorden ya que en ocasiones las reuniones se interrumpían con el clamor de gente desesperada por saber cómo ser salvos de la ira de Dios. Otras veces, la gente que había experimentado la conversión o una renovación de su compromiso con Cristo compartían de manera espontánea sus experiencias. Todo esto se salía del orden normal del culto y algunos llegaron a afirmar que todo este desorden se debía a una influencia satánica. Aunque Edwards se tomaba muy en serio el orden en la iglesia, siempre enfatizó que en un tiempo de avivamiento el Espíritu Santo operaba de un modo extraordinario y que, por tanto, era de esperar que se dieran circunstancias distintas a las habituales en la vida de la congregación. En cuanto a la forma de predicar, hizo especial hincapié en que al hablar de las cosas del Señor, del juicio eterno, de nuestro Redentor, el predicador no se podía expresar de forma monótona o falta de sentimiento. Predicar así sobre estos temas era una contradicción. Para Edwards el nivel de emoción y fuerza en el mensaje tenía que ser proporcional al tema que se tratase, por lo que la predicación del evangelio debería tocar el corazón de los oyentes además de la mente. La verdad de Dios no sólo llenaba la cabeza de información sino que movía y transformaba los corazones. En definitiva, Edwards consideraba a George Whitefield un predicador modélico tanto por la doctrina que enseñaba como por la forma en que la comunicaba. Jonathan Edwards fue, a nivel internacional, el promotor más destacado del avivamiento y de los “conciertos” de oración para pedir a Dios por la iglesia en el mundo y por el avance de Su Reino. Sus escritos se publicaron en Boston, Londres, Escocia e incluso se tradujeron a otros idiomas.

Pasado el avivamiento, Edwards seguiría instruyendo y exhortando desde el púlpito a su congregación durante varios años con sermones Cristo-céntricos y teológicamente profundos.

Con casi 50 años, mujer e hijos, y con una salud muy frágil, Edwards pasaría sus últimos años como misionero entre los indios (o ‘nativos americanos’) en el asentamiento fronterizo de Stockbridge. Desde antes Edwards ya había promovido las misiones entre las gentes no alcanzadas por el evangelio. Una de sus obras publicadas y más leídas era La vida de David Brainerd, que era simplemente el diario (editado) de un joven misionero que estuvo durante años predicando el evangelio a los indios de las zonas fronterizas. Este misionero cayó gravemente enfermo y murió mientras se alojaba en casa de Edwards. El fruto durante esta etapa misionera de la vida de Edwards no fue tan notable como el que Dios le concedió durante su pastorado en Northampton. Las conversiones fueron escasas y el asentamiento se vio atrapado en medio de un conflicto militar, convirtiendo la casa de la propia familia Edwards en un fuerte para los soldados británicos. Jonathan Edwards moriría a causa de la viruela en 1758 estando lejos de su mujer y sus hijos, ya que realizaba un viaje para conocer la incipiente universidad de Princeton, donde se le había ofrecido el puesto de rector. Además de su ministerio como pastor y evangelista,

Jonathan Edwards realizó una extensa obra literaria como teólogo y apologista de la sana doctrina. Recordemos que el siglo XVIII fue el llamado “siglo de las Luces” o Ilustración. En este contexto la Iglesia y la fe cristiana se encontraban bajo diversos ataques desde los círculos académicos e intelectuales. El Señor levantó a un hombre con el intelecto y capacidad de Edwards para contrarrestar por medio de sus tratados teológicos las mentiras crecientemente influyentes del arminianismo, el deísmo, y la ola humanista en general. Sus obras más destacadas fueron sobre el ‘libre albedrío’, el pecado original, la naturaleza de la verdadera virtud y el propósito de Dios en todas sus obras.

Esta última obra (en español: “El fin para el cual Dios creó el universo”) reflejaba la visión general de Edwards sobre su Dios. Un Dios majestuoso, libre en Su manera de actuar y celoso por Su nombre y Su gloria. La conclusión de este tratado es que Dios hace todas para Su gloria o (por usar la frase bíblica) “por amor de Su nombre”. Aun cuando Dios actúa motivado por Su santa ira, Su amor eterno por sus escogidos, Su creatividad, o cualquier otra causa, existe un fin, un propósito último que resume y engloba todas las obras de Dios: Su propia gloria. Esta gloria divina fue lo que transformó la vida de este siervo de Dios y le motivó para vivir rendido y dedicado a Él.

Jonathan, Edwards,