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la vida personal del pastor

ESO QUE SOY CUANDO NADIE ME VE

Por Jorge Himitián
ESO QUE SOY CUANDO NADIE ME VE

Solamente Dios, por medio de su Palabra, que “es viva y eficaz y más cortante que toda espada de dos filos, puede penetrar hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discernir los pensamientos y las intenciones del corazón”. “Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”.

Así como las personas ven mi cara, el color de mis ojos o mis facciones, hay alguien que con absoluta y total nitidez ve mi espíritu y me conoce totalmente. Él conoce los pensamientos más secretos y las intenciones de mi corazón.

¿Cuáles son las intenciones que surgen de ese lugar tan íntimo, de lo más profundo del ser? ¿Cuáles son los pensamientos íntimos que prevalecen en mí? Dios los conoce.

Quisiera explicar esto con toda sencillez. La intención más profunda de mi corazón puede apuntar hacia mí mismo o hacia Dios. Es tan sencillo y a la vez tan profundo como eso.

Dios o yo. Son las únicas dos alternativas que hay en mi corazón. Esta es la definición más seria y profunda que debe enfrentar un siervo de Dios para su formación.

¿Qué es lo que busco en mi vida? ¿Cuál es mi intención en todo lo que hago? ¿Mi gloria o la gloria del Señor?

El fin supremo del hombre es la gloria de Dios. Fuimos predestinados para la alabanza de su gloria (Efesios 1.11-12). Si queremos enfocar nuestra vida adecuadamente, forjarnos y orientarnos bien en nuestro fuero íntimo (en nuestro corazón) debemos determinar que la única intención de nuestra vida debe ser agradar a Dios. Y de eso no necesito convencer a los hombres, sino a Dios. No tiene mucho valor que testifique u ore públicamente sobre ello. Dios mira lo que hay en mi corazón y no se impresiona por mis palabras.

En mi espíritu hay una brújula que apunta hacia mí o hacia Dios; hacia mi realización personal o hacia la gloria de Dios; hacia mi voluntad o hacia su voluntad. ¿Él o yo? No puede apuntar hacia ambas direcciones.

Ese es el sentido más profundo de lo que Jesús enseñó al decir: “Niéguese a sí mismo”. El que no se niega a sí mismo no puede ser su discípulo ni seguirlo.

Lo más importante en nuestra vida es que el norte de la brújula esté orientado bien definidamente hacia Dios. El resto será fácil.

Es exactamente eso lo que Pablo afirma en Hechos 20.24: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús”.

Eso es lo que debe estar escrito en nuestro corazón. Hoy en día existen muchos factores externos que condicionan las acciones de los hombres. Se dice que uno es aquello que haría si estuviera absolutamente solo, sin que nadie pudiera observarlo o controlarlo. Si jamás tuvieras que rendir cuentas a nadie, ¿cómo vivirías?

Caín mató a su hermano Abel en la soledad. En ese tiempo no había policía, ni jueces, ni cárcel.

Pensemos en la situación de José en Egipto. Se encontraba solo, lejos de su familia, sin padre, pastor ni congregación que lo pudiera controlar. Era un desconocido en un país extraño. Y la esposa de Potifar lo tentó: “Acuéstate conmigo…” ¿Qué es lo que le dio a José en esas circunstancias tan especiales la firmeza para no caer? ¡La intención más profunda de su corazón era Dios y no su propia voluntad! ¡Qué ejemplo extraordinario! Esa es la clase de persona que Dios nos llama a ser.

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