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EL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA

Por Carlos Annacondia
EL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA

“He aquí yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis envestidos de poder desde lo alto.” Lucas 24.49

“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra. “ Hechos 1.8

Por tanto, Dios eligió un día para tal acontecimiento, el Pentecostés. Ese fue el día que Él decidió que naciera la Iglesia en Jerusalén, la Iglesia de Jesús.

La Biblia dice que Jesús le predicó a miles que fueron sanados y liberados, luego se le apareció a más de quinientos. Pero ¿qué sucedió después? En el día de Pentecostés sólo estaban ciento veinte en el aposento alto. ¿Dónde estaban los miles que sanaron? ¿Dónde estaban los quinientos que le vieron? Sólo ciento veinte estaban esperando la promesa de Jesús. ¿Qué sucedió entonces? Un estruendo como un viento recio llegó y todos fueron llenos del Espíritu Santo. Comenzaron a hablar en otras lenguas como el Espíritu les daba que hablasen. Ese fue el día que Dios dispuso para que la Iglesia naciente comenzara a actuar con poder. El Espíritu Santo vino a capacitar a la Iglesia para que realizara obras en la tierra.

Ese día de Pentecostés se alborotó la ciudad. Muchos religiosos quisieron detener eso y allí se paró Pedro, aquel que negó a Jesús, ese que tuvo miedo, y pronunció su primer discurso evangelístico.

Estamos viviendo en los postreros días y la Palabra dice que nuestros hijos profetizarán. En 1981 mis hijos de doce, nueve, ocho y uno de tres años, junto a la última niñita de meses, me dijeron que querían recibir el bautismo del Espíritu Santo. Sorprendido les respondí “muy bien, si quieren que Dios los bautice, vayan a su habitación y arrodíllense juntos a orar”. Así lo hicieron, incluso la niña de meses estaba allí en brazos de una mujer que la cuidaba. De pronto escuché un alboroto en la habitación de los niños. Entonces le dije a María, mi esposa “vamos a ver a los niños porque Dios los está visitando”. Cuando entramos al cuarto, la señora que los cuidaba temblaba. Tenía tan sólo días de creyente, y ya estaba hablando en nuevas lenguas y profetizando. El resto de los niños estaban hablando en lenguas.

Cuando mi esposa y yo nos pusimos a orar junto a ellos, nuestro hijo, uno de los mayores, comienza a profetizar en una lengua parecida al alemán. En ese momento le pido al Señor la interpretación de esas palabras y Dios me dice que ponga la mano sobre María, que ella las interpretaría. Ella se pone en pie diciendo “Pronto, pronto, gran avivamiento en Argentina y Argentina será mía, dice el Señor”. Mi hijo seguía repitiendo la profecía en esa lengua que no conocíamos. En medio del fuego que había en esa habitación, el Señor trajo su Palabra y declaró lo que habría de venir para Argentina. Hacía tan sólo dos años que nos habíamos convertido y aún yo no había comenzado el ministerio.

Decir que vendría un avivamiento para Argentina y que miles de almas se convertirían causó risa a muchos cristianos, pero esa noche mientras Dios nos mostró su plan para nuestro país, le dije “Señor, no queremos quedarnos fuera de lo que tú estás haciendo”. Hoy puedo decir que el Espíritu Santo a partir de ese momento comenzó a revelarme cosas sobre el ministerio evangelístico que hoy llevo adelante.

Dios prometió que daría prodigios en el cielo y señales en la tierra. Esto será para todos sus siervos y siervas, para su Iglesia. ¿Está usted preparado para recibir las señales que Él le ha prometido? ¿Quiere recibir la llenura de Dios? Argentina necesita más que nunca una Iglesia llena del poder del Espíritu Santo.

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