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EL AVIVAMIENTO EN LA CALLE AZUSA

William Joseph Seymour
EL AVIVAMIENTO EN LA CALLE AZUSA

William Joseph Seymour fue hijo de Simmon Seymour, un esclavo que sirvió en la guerra civil a cambio de obtener su libertad. Muy joven, y después de la muerte de su padre, William J. Seymour abandonó su casa en Luisiana para consagrar su vida a Dios. Mientras trabajaba como mesero para poder sostenerse, se unió a una congregación afro americana. William Seymour encontró en la esclavitud, la verdadera libertad que le trajo al encontrarse con Cristo y al conocer a la persona del Espíritu Santo. Perdió la vista, pero ganó muchas almas para Cristo y un avivamiento histórico.

El Avivamiento en Azusa no fue algo que se diera de la noche a la mañana, ni tampoco fue algo que surgiera por un solo hombre, sino que fue el trabajo de muchos de evangelización en las calles y de largas noches de oración. Dios venía preparando a los Ángeles para lo que estaba por venir. Todo inició con un grupo de hombres y mujeres consagrados a Dios, de distintas ciudades de Estados Unidos, hambrientos por su presencia, viviendo día y noche en oración y meditando en su palabra, con corazones ardiendo por vivir un pentecostés a inicios del siglo XX.

Joseph Smale, pastor de la primera iglesia Bautista, viajo a Gales, para visitar a Evan Roberts, líder del gran avivamiento que se había vivido en 1904 en el Reino Unido. Llegar allá y ver lo que Dios estaba haciendo en aquella nación, lo transformó y avivó aún más su corazón.

Para 1905, William Seymour se quedó al frente de la pequeña iglesia en Houston, mientras que Lucy Farow líder de esta congregación, hacía un viaje a Kansas para visitar al evangelista Charles F. Parham, co-fundador de la iglesia de Dios en Cristo, persona clave en la vida espiritual de Seymour.

En ese entonces, Seymor tuvo la visita de Milly Terry, proveniente de los Ángeles, CA., quien al regresar a su ciudad, lo recomendó con un pequeño grupo de cristianos afroamericanos que se reunían en una sencilla casa en la calle de Bonnie en el Centro de los Ángeles, grupo que era pastoreado por Julia Hutchinson. Oraban unánimes por una llenura del Espíritu Santo. Le enviaron una invitación con su pase para viajar a los Ángeles, fue un llamado divino que ya tenía preparado el Señor en febrero de 1906.

Al llegar Seymour a los Ángeles y después de una semana, la presión de otros ejercida sobre Hutchinson al no estar de acuerdo con Seymour, la hizo cambiar de parecer y lo echó de su iglesia, quedándose sin refugio, sin trabajo y sin ánimo; sin embargo, Edward S Lee de la misión Penniel, le ofreció hospedarse en su casa. Juntos se dedicaron a orar incansablemente de día y de noche, aun cuando Lee tenía que salir a trabajar. Seymour cubría su tiempo de oración leyendo la Biblia, aumentándolo de 5 a 7 horas al día.

La gente comenzó a ser atraída a ese lugar por lo que estaba sucediendo en la vida de Seymour. El gran crecimiento que comenzó a tener sus reuniones y el estudio de la biblia fue tan rápido, que tuvieron que mudarse a un lugar más grande en la calle de Azusa núm. 312, llegando a alcanzar asistentes de hasta 1300 personas quienes se amontonaban por el hambre que tenían por escuchar la Palabra de Dios.

Finalmente el 9 de abril de 1906, Después de pasar un buen tiempo de alabanza y adoración, predicó sobre el libro de los Hechos 2:4. En ese momento vino un poderoso derramamiento del Espíritu Santo sobre toda la congregación y Edward S. Lee, fue bautizado hablando en otras lenguas así como Jennie More, esposa de William Seymour. Todos comenzaron a caer al piso bajo la unción del Espíritu Santo, gozo y gritos de júbilo podían escucharse en todo el vecindario; fue algo tan poderoso, que los curiosos que se acercaban, también eran tocados por el Espíritu Santo y comenzaban a hablar en otras lenguas. Por tres días y tres noches la oración y adoración continuó y cientos vinieron a los pies de Cristo. Fue hasta la mañana del tercer día que Seymour fue bautizado en el Espíritu.

Este suceso trajo una gran división no sólo entre padres e hijos, sino también entre las iglesias de los Ángeles. Sin embargo, al mismo tiempo, esta visitación del Espíritu comenzó a cambiar la vida de los congregantes de esa casa fortaleciendo su amistad, además de que fue un factor que ayudó a derribar barreras raciales y económicas.

La manifestación de lo sobrenatural fue un regalo por la búsqueda de la presencia del Espíritu Santo. 3 veces al día, 7 días a la semana, por 3 años consecutivos, los servicios fueron dirigidos por el Espíritu Santo y no por el hombre. Con coros que no necesitaban instrumentos, pues la música venía directamente del cielo con voces de ángeles que glorificaban a Dios y la gente se unía a ellos. Lenguas de fuego, visiones, milagros de sanidad y maravillas, todo esto hacía parecer que el mismo cielo estaba en ese lugar.

En poco tiempo el avivamiento de la calle Azusa se transformó en un mover del Espí­ritu Santo en el mundo. Las cinco enseñanzas principales de Azusa sirvieron como pautas por las que se rigió esta primera oleada de pentecostales: (1) justificación por fe; (2) san­tificación como obra concreta de la gracia; (3) el bautismo en el Espíritu Santo, evidenciado por el hablar en otras lenguas; (4) la sanidad divina; y (5) el arrebatamiento personal en la segunda venida de Cristo. Seymour y sus se­guidores priorizaron estas enseñanzas durante todos los años que funcionó la obra misionera.

Es posible que el legado de la calle Azusa que haya tenido un alcance mayor, sea su en­señanza y práctica del poder dado por el Es­píritu Santo para el evangelismo. Empero, por encima de todo, este avivamiento fue un mo­vimiento misionero por excelencia. Fueron muchos los predicadores que iban y venían durante el despertar religioso liderado por el pastor Seymour. Pocos meses después de que comenzaran las reuniones, el diario cristiano Apostolic Faith informó sobre avivamientos pentecostales en Nueva York, Londres, Oslo, Estocolmo y la India.

Nunca, desde los tiempos de la Iglesia an­tigua, se había extendido un movimiento de avivamiento tan lejos y con tanta rapidez. La fascinación de las lenguas, las sanaciones y las liberaciones atrajeron a multitudes, y sin el uso de los medios de publicidad. Durante to­dos los días de gloria, la calle Azusa nunca se anunció en los periódicos locales ni con carte­lones. La noticia del avivamiento se esparció localmente de forma oral. Los periódicos de Los Ángeles escribieron artículos difamato­rios y racistas, pero esto solo sirvió para atraer muchedumbres mayores. Al final, los peregrinos de la calle Azusa propagaron la noticia por el mundo entero, se fundaron miles de iglesias y se convirtieron millones de personas.

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