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la familia pastoral

ECOLOGÍA FAMILIAR

Sebastián Golluscio
ECOLOGÍA FAMILIAR

“En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea a esta casa” (Lucas 10.5)

Uno de los grandes temas en la agenda mundial del siglo XXI es, sin lugar a dudas, la ecología. La actuación de los estados en el cuidado del medio ambiente, los esfuerzos volcados al desarrollo de energías limpias, la creciente concientización acerca del uso responsable de los recursos naturales, la divulgación de políticas empresariales como el paperless (la reducción del uso de papel), el auge de la comida orgánica, son solo algunas pequeñas muestras de cómo la preocupación ecológica se ha instalado definitivamente entre nosotros, como uno de los mayores desafíos de este tiempo.

Lo curioso es que la palabra ecología, deriva de dos términos griegos: oikos (casa) y logos (conocimiento). Es decir, la ecología es la ciencia o disciplina que se ocupa del bienestar de nuestra casa. Y pareciera que Jesús fue el primer ecologista - mucho antes de que existiera Greenpeace - , ya que ordenó a sus discípulos que al entrar en una casa (oikos) debían declarar, antes de decir cualquier otra cosa, “¡que en esta casa haya bienestar!” La palabra “paz” es shalom en hebreo, que significa bienestar integral, armonía, plenitud, prosperidad. O sea que Jesús envió a sus discípulos en una “misión ecológica”. Ellos tenían que desear y decretar el shalom sobre el oikos, el bienestar sobre la casa.

Desde que la ecológía constituye una de las grandes preocupaciones del hombre, todo el foco de la disciplina ha estado puesto en la protección de nuestra casa física: que podamos disfrutar de aire puro, beber agua limpia, mantenernos libres de agentes contaminantes, preservar la fauna y la flora, etc. Pero en este último tiempo el concepto se ha ampliado, y hoy podemos hablar de una ecología humana. Hoy entendemos que tan importante como el cuidado de nuesto hábitat físico, es el cuidado de nuestro hábitat afectivo y espiritual. En otras palabras: ¡por más que protejamos los árboles y la capa de ozono, si no cuidamos primero a la familia, fundamento de la sociedad, corremos serios peligros como especie!

La familia es el hábitat propicio, el medioambiente ideal para el sano desarrollo de toda persona. Allí somos aceptados y valorados incondicionalmente, sin importar nuestro desempeño, nuestro carisma o nuestros logros. Allí somos amados sencillamente por lo que somos, como nos ama Dios. En casa podemos simplmente ser, más allá de nuestro hacer. Jesús sabía que el descuido de la familia genera enfermedad mental, emocional y social, y por eso envió a sus discípulos a declarar sobre cada hogar: “¡que en esta casa haya bienestar!, ¡que en esta familia se den las condiciones atmosféricas propicias para que cada uno de sus miembros crezca sano, con una identidad segura, con marcadas capacidades afectivas y sociales”.

Lamentablementente hoy nos topamos con las primeras generaciones masivas de hijos de padres separados, jóvenes de 25 o 30 años que carecieron de esa atmósfera saludable en su etapa formativa. Cada vez hay más personas con problemas de autoestima, hombres y mujeres que mendigan aceptación, que compiten por ser valorados dentro del sistema, que se esfuerzan por validarse socialmente, sin una identidad sólida, con profundos problemas afectivos, incapaces de amar y ser amados. Gente que no tuvo un modelo relacional sano, que desconoce lo que es una comunidad de amor que funciona, que no sabe resolver sus conflictos interpersonales de manera pacífica, madura. Ocurre que en la misma medida en que se deteriora la familia, crecen también las psicopatías, los traumas y todo tipo de virus psicoafectivos que dañan el tramado social. Nuestra gran casa se enferma si las casas están enfermas.

¡Pero un gran ejército ecológico se levanta! Jóvenes que aún siguen creyendo en el matrimonio, y que no temen comprometerse. Abuelos que enseñan a sus nietos los valores eternos, los que hacen de cada ser humano una gran persona. Comunidades de fe y amor que funcionan como familias sustitutas para aquellos que han crecido en hogares conflictivos o disfuncionales. Matrimonios de corazón gigante, que se atreven a adoptar un niño huérfano. Familias con vocación hospedadora, que no escatiman a la hora de invitar a una cena cálida, con tal de que su huesped respire, al menos por un rato, la atmósfera de amor que solo puede respirarse en un hogar. Padres y madres presentes, que saben decirle no a las cosas secundarias de la vida (vocación, trabajo, etc.), para escribir un gran sí en el casillero de lo realmente prioritario: su casa.

Lista de cosas para hacer antes de morir: 1. Escribir un libro, 2. Plantar un árbol, 3. Tener un hijo. Las dos primeras son relativamente sencillas, y sin lugar a dudas constituyen un valioso aporte cultural y ecológico a nuestro mundo. La tercera también puede resultar fácil, a menos que haya algún problema físico de por medio, pero el mérito no radica en tener hijos (los conejos también se reproducen) sino en formarlos bajo una atmósfera adecuada, de amor, ejemplo, disciplina y estímulo, que haga de ellos personas de bien. Una vez ecuché decir a Sergio Sinay que la gran preocupación de la mayoría de los padres y madres es “¿qué mundo le estamos dejando a nuestros hijos?”, cuando nuestra verdadera carga debería ser “¿qué hijos le estamos dejando a nuestro mundo?”. Bienvenidas las iniciativas para preservar nuestra casa física, siempre y cuando sean acompañadas por una creciente ecología humana. Gobiernos del mundo: tomar nota.

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