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la familia pastoral

¿Cómo proteger a mi familia de la agresión?

Sixto Porras
¿Cómo proteger a mi familia de la agresión?

La meta en toda familia deber ser, tener un estilo de vida que proporcione seguridad emocional a sus miembros y sirva de modelo a las nuevas generaciones. Por esto, le doy algunas recomendaciones para proteger a su familia de la agresión.

1. Reconozca que ningún tipo de violencia es sana o justificable.

Nadie debería sufrir gritos, amenazas, insultos o golpes. Bajo ninguna circunstancia puede justificarse un acto de violencia. Cada uno es dueño de sí mismo y responsable de sus actos, jamás es provocado por alguien más. Lo cierto es que la persona agresora posee un pobre control de impulsos y es la única responsable de sus actos. En ninguna circunstancia puede ampararse a una afirmación como esta: “Mi cónyuge me provocó”, pues nadie “provoca” a nadie a menos que así lo permita.

2. Identifique las señales de agresión, acepte que tienen un problema y comprenda que hay esperanza.

Aceptar que tenemos un problema, nos hace buscar soluciones de forma más rápida; mientras más tratemos de “justificar” las agresiones en casa, más tiempo tendremos que soportar el dolor, más honda será la herida, y más graves las consecuencias. No ignore la situación y enfréntela con valentía. Hay esperanza cuando deseamos que todos estemos bien. Hay esperanza porque tenemos la seguridad de que las cosas pueden estar mejor y todo puede cambiar para bien.

3. Discipline su mente para pensar en todo lo bueno, lo amable y lo correcto

Nuestros pensamientos son el motor de nuestras acciones y, si los tenemos bajo control, nos conduciremos de manera más calmada. Si llenamos nuestra cabeza de pensamientos y recuerdos positivos, estaremos más en paz y tenderemos a establecer relaciones más cordiales y amorosas con nuestros hijos y nuestro cónyuge. Ello nos ayuda a conservar nuestra capacidad de admirar, ser firmes en el principio del respeto mutuo y en establecer una estrategia para canalizar la frustración, el enojo y, sobre todo, la ira.

4. Dispóngase a vivir algo diferente al comportamiento de la agresión

Es importante rescatar el hecho de que la mayoría de nosotros, de una u otra forma, hemos sido lastimados y recibimos algún tipo de abuso, pero esto no nos convierte en agresores. Tenemos que aprender a manejar el enojo sin agredir o agredirnos. Dialogar en lugar de imponer. Aprender a tolerar las diferencias. Amar antes que controlar o dominar. La meta es tener un estilo de vida que proporcione seguridad emocional para la familia, un modelo que marque las nuevas generaciones.

5. No estereotipe la violencia

Algunas veces se piensa que la agresión solo se ejerce del hombre hacia la mujer, pero las estadísticas nos muestran que esto ha ido cambiando. Existen tanto hombres, como mujeres agresores; el hombre que ataca a su esposa, la mujer que maltrata y socava a su esposo, o la madre y el padre que lastiman e ignoran a sus hijos. La agresión no es un problema que pertenece a un sexo, estrato socioeconómico, o cualquier otra clasificación. Y como problema de salud pública debe ser abordado por todos, vivamos o no en un ambiente de violencia intrafamiliar.

6. Busque ayuda

Las personas con pobre control de impulsos deben pedir ayuda para el manejo de la ira, y las personas con rasgos codependientes, deben buscar apoyo para dejar atrás el afán de ser “esa persona adecuada” para el agresor. Salir del ciclo de violencia es posible, pero requiere trabajar en: nuestra autoestima, límites personales, la forma en la que solucionamos los conflictos, la manera en la que expresamos nuestras emociones y necesidades, y el desarrollo de una estrategia para que no se repitan estos actos violentos. Todo esto requiere de un acompañamiento profesional adecuado y de seres queridos que nos ofrezcan su ayuda.

7. Busque heredar buenos recuerdos a sus hijos

Investigaciones demuestran que la violencia tiene su origen en la crianza y el aprendizaje, producto del ambiente familiar en el que crecimos y, en consecuencia, de la sociedad que lo ha tolerado y aun, lo ha estimulado por medio de los medios de comunicación masiva y el ambiente social en el que nos desenvolvemos.

Los más vulnerables son los niños, que se ven expuestos a escenas que van marcando sus vidas, con la posibilidad de convertirse en futuros agresores. Si un niño ve al adulto descargar su frustración golpeando, gritando y maltratando, él lo verá como normal y como una conducta válida para expresar enojo, por un asunto de identificación con el padre o la madre. Incluso, se ha demostrado que si el pequeño está expuesto a conductas violentas, puede ser un niño agresor desde la infancia: con sus hermanos, compañeros y hasta animales indefensos.

Al crecer, estas conductas aprendidas no han sido confrontadas y resueltas y este adulto violento, violentado, abusado y herido de niño, repite lo que vivió y sufrió.

8. Denuncie y aléjese de la agresión

Cuando la integridad física de uno de los cónyuges está en peligro debe buscarse ayuda profesional. Si las agresiones continúan, debe darse una separación para proteger la integridad de la persona. Cuando el maltrato, el abandono y el adulterio suplantan el amor, el compromiso y el respeto, es el momento de buscar una salida que les permita valorarse nuevamente y poner un nuevo fundamento a la relación. La persona agredida está en plena libertad de denunciar y alejarse de su agresor, aunque muchas veces es difícil, porque se tiene miedo de no tener a dónde ir, no tener una red de apoyo lo suficientemente confiable, o por temor a una venganza de su cónyuge. De ahí la importancia de fomentar una conciencia social sobre este problema de salud pública y aceptar como deber ciudadano realizar una denuncia por cualquier tipo de agresión del que nos demos cuenta, aunque no se geste en nuestro propio hogar.

¿Cómo proteger a mi familia de la agresión?