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la familia pastoral

CÓMO PRACTICAR EL ARTE DE LA RECONCILIACIÓN

Sixto Porras
CÓMO PRACTICAR EL ARTE DE LA RECONCILIACIÓN

La familia es el vínculo primario del que formamos parte toda una vida. A través de los lazos de consanguinidad y afectividad únicos, la familia tiene la tarea de hacernos sentir seguros, protegidos, proveer identidad y dar sentido de pertenencia. No es casualidad que la mayoría de las veces, al enfrentarnos a momentos difíciles, es nuestra familia la que permanece a través del tiempo. He escuchado a personas decir: «en estos momentos, solo queda mi familia para refugiarme».

A pesar de esto, en el núcleo familiar nunca podremos estar todos de acuerdo el cien por ciento del tiempo. No obstante, debemos reconocer que las relaciones familiares pueden volverse más profundas gracias a la posibilidad de discrepar. Es así como cada uno de nosotros podemos aprender de los miembros de nuestra familia y convertirnos en seres humanos más sensibles, tolerantes y maduros.

Es natural que como familia tengamos diferencias y entremos en conflicto; el desafío consiste en relacionarnos a partir de la aceptación, el respeto y la admiración mutua en medio de la discrepancia. La seguridad de que la familia es indisoluble, nos permite tener diferencias mientras se mantiene intacta la línea del respeto y del amor incondicional. Esto posibilita, que a pesar de las dificultades, cada miembro de la familia se desarrolle sobre los cimientos de la seguridad y la confianza.

Pero, ¿cómo seguir unidos si existe rencor, distanciamiento o resentimiento hacia algún miembro de nuestra familia? Leí el caso de una joven que tenía un padre que nunca satisfizo las necesidades de amor, atención y aceptación que ella tenía cuando era niña. Pero un día, ella se enteró por casualidad de que su papá había sido herido emocionalmente cuando era pequeño. El padre y la madre de su papá, habían muerto al ser apenas un niño, y su tía, quien se había encargado de su crianza, era tan severa que le prohibió llorar. Después de enterarse de esto, la joven repentinamente vio a su papá de una manera diferente. Él no era un padre que rechazaba a su hija, sino un hombre con una herida emocional por sanar.

Con frecuencia, los seres queridos que continuamente nos hacen sentir frustrados y desilusionados, actúan como un reflejo de las heridas profundas que marcaron su niñez. Si reaccionáramos compasivamente hacia ellos, en vez de esperar que se conviertan en la clase de personas que creemos «deberían ser», podríamos transformar nuestra familia en un refugio emocional para todos.

Reaccionar compasivamente significa tomar en cuenta su historia de vida, mostrar empatía por sus heridas y buscar la reconciliación en la medida de lo posible. Sin embargo, existen dos obstáculos que impiden acercarnos: el primero, es cuando la otra persona persiste en mostrar una actitud hiriente y comportamientos que lastiman, para lo cual es recomendable que prevalezca una distancia prudencial; el segundo, es cuando aún nos duele lo que nos han hecho, lo cual puede ser subsanado con el tiempo y el perdón.

El perdón

El tiempo, la perseverancia, la sensibilidad y el afecto son grandes aliados cuando se trata de reconstruir las relaciones rotas. No es de un día para otro, pero debe iniciar de algún lado, así quedemos dar el primer paso: reconocer que necesitamos acercarnos nuevamente. Es necesario hacerlo con humildad, sin rencor, y con la meta de mantener unida a la familia.

A pesar del gran amor que tenemos por nuestra familia, muchas veces, perdonar es difícil, sobre todo cuando nos han tratado mal o han despreciado nuestro amor y cuidado.

Por lo general, buscamos excusas para no perdonar, al pensar que el perdón solo se otorga si hay evidencias de cambio. Sin embargo, debemos perdonar, incluso cuando sintamos que la otra persona no lo merece. Porque sin perdón, morimos por dentro; con él, aun cuando los recuerdos sigan en nuestra mente, podremos empezar a mirar hacia delante con esperanza.

Lo contrario al perdón es el rechazo. Este casi siempre trae consigo aislamiento, amargura y un fuerte distanciamiento. Un joven les escribió a sus padres con el propósito de informarles acerca de la decisión que había tomado de casarse con el consentimiento de ellos o sin el. Puede ser que este joven haya sido bastante terco e insensible, pero aun así la carta que recibió en respuesta de su padre, lo dejó sin aliento. Decía: «No te preocupes por invitarnos a la boda; ya no tenemos hijo». Reaccionar hiriendo de esta forma, puede atentar indefinidamente contra la unión familiar.

El perdón debe darse a pesar de las heridas profundas, las esperanzas frustradas o las promesas rotas. Sin perdón no hay esperanza para la reconciliación con la familia. Es posible que sea difícil pedir perdón a alguien que lastimó o lastima demasiado, pero hacerlo es algo que libera el camino para la reconciliación.

Solo cuando en realidad renunciamos a nuestro derecho de tomar venganza, de señalar y juzgar, hemos perdonado con sinceridad. Todos debemos luchar por alcanzar esta libertad y, al hacerlo, aumentamos nuestra capacidad de amar.

Existen personas a las que el perdón se les dificulta en gran medida. El problema es que se resisten a dejar la ofensa en el pasado. Es frecuente que estas personas no puedan reconocer el daño y el desgaste que sufren por conservar su «orgullo».

La falta de perdón ocasiona que la amargura, el rencor, el enojo, el dolor y la frustración estén presentes en nuestra vida. Por esta razón, la persona que se encuentra atada a esos sentimientos negativos, no es libre en sí y, en la medida en que permanezca en esa posición, verá deteriorada su salud y su vida emocional.

El perdón no es fácil de comprender. Por lo general, estamos esperando «sentir el deseo» para otorgarlo. Sin embargo, más allá de sentir, está la decisión de renunciar al derecho, que creemos tener, de vengarnos por lo que nos han hecho. Es optar por ser libres de los sentimientos heridos que se quedaron atrapados en un pasado distante.

A pesar de todos los beneficios que reconocemos en el perdón, no es fácil de otorgarlo, ni tampoco de comprenderlo. Se requiere voluntad, decisión y perseverancia para sostenerlo en el tiempo. El perdón es un proceso, y la señal más contundente de que este proceso ha dado su fruto, se hará evidente cuando un día nos sorprendan los recuerdos de lo ocurrido y ya no experimentemos dolor.

Sin lugar a dudas, ante una ofensa, el perdón es la única forma de amar y restituir lo negativo, porque de lo contrario no hay reencuentro y mucho menos armonía. El perdón es la única forma de ser libre de la amargura y del dolor que llevamos por dentro.

Debemos procurar hacer de nuestro hogar el mejor lugar para vivir y un refugio emocional al que todos deseamos llegar. Debe ser el espacio donde cada uno de sus miembros pueda expresar amor y cuidado mutuo, donde se respeta la individualidad y la dignidad de los demás, y donde se procura y potencia el desarrollo integral de cada uno en particular.

Proporcionemos confianza y seguridad a la relación familiar. Protejamos la certeza de que estaremos juntos en las buenas y en las malas, que existe la libertad para expresar desacuerdos y que siempre habrá un espacio para la reconciliación

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