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la familia pastoral

YA TE ELOGIARON

Por Carlos Mraida
YA TE ELOGIARON

En mi primer año de pastorado, Dios no sólo salvó mi ministerio, sino me salvó la vida. Lo hizo aplicándome una doble disciplina. Él me hizo ver que yo era un adicto a la aprobación de la gente. Cuando terminaba de ministrar cada culto, salía a saludar a las personas, y necesitaba, como agua en el desierto, el comentario aprobador de los miembros de la iglesia. Y cada vez la adicción era mayor. Ya no me alcanzaba con que la gente me agradeciera por el mensaje o por la ministración, sino que cada semana necesitaba una dosis mayor de elogio. Y cuando alguien me criticaba, o decía algo negativo, o me señalaba algún error, me angustiaba mucho.

Para colmo de males, durante más de 15 años tuve como miembro de mi congregación a un hermano, que venía a todos los cultos. No faltaba jamás. Y apenas terminaba el culto, corría a la puerta para ser el primero en hablar conmigo. Y siempre, absolutamente siempre, me hacía algún comentario negativo de lo que yo había dicho. Durante los 15 años, a razón de dos cultos semanales, siempre corrigiéndome en algo. Jamás, se acercó para decirme algo positivo.

Así que, te puedes imaginar, yo lo quería “matar”. Oraba y decía: Señor, si no le gusta lo que digo, si siempre tiene algo para corregirme, y si hay más de 350 congregaciones en Buenos Aires, por qué no te lo llevas a congregarse en otro lado”. Pero mi oración no tuvo los resultados por mí esperados. Porque jamás dejó de venir a los cultos, hasta el día en que falleció. ¡Más de quince años! ¡Dos cultos por semana! Suman más de 1500 veces que lo escuché criticándome.

Este hermano era un buen hombre, un buen cristiano. Sus comentarios críticos no apuntaron nunca a lo espiritual, o a lo doctrinal o bíblico de mis mensajes. Él era un purista del idioma castellano. Y sufría cada vez que alguien hacía mal uso del idioma. Así que todos sus comentarios apuntaban a mis equivocaciones en cuanto al uso del castellano. La mayor parte de las veces eran pequeñas cosas. Por ejemplo, la palabra “sino”. Es una palabra grave que no lleva acento. Pero yo, como mucha gente, cuando la usaba pronunciaba como si fuera acentuada en la última sílaba. Decía: “sinó”. Y él venía todo enojado al final del culto, y me decía en un tono muy fuerte: “no se dice ¨sinó, se dice ¨sino¨”.

Tal vez al leer esto, pienses: “que hermano enfermo, hacer tanto lío por eso”. Pero, no. Él era un purista del idioma. El enfermo era yo, que ese simple comentario me amargaba.

Como una droga, necesitaba la valorización y aprobación de la gente. Si no la tenía me desesperaba como un adicto a quien le falta la droga. Y cuando me la daban, cada vez necesitaba una dosis mayor.

Así que el Señor me hizo ver mi dependencia enfermiza a la aprobación humana. Y me aplicó dos disciplinas sanadoras. La primera fue que me prohibió por espacio de un año salir a saludar a la gente al término de los cultos. En lugar de eso, debía salir por la puerta de atrás, hasta que la gente se haya ido a sus casas. Quiero que entiendas que hace 29 años atrás, ser pastor de una iglesia bautista y no salir a saludar era el peor sacrilegio y ofensa que uno podía cometer. Así que la disciplina era dura.

La segunda disciplina impuesta por el Señor, fue que me hizo leer Efesios 1.3-14 todos los días, también durante un año. Yo tenía que tomar hojas de papel, divididas en dos columnas. En la primera, debía escribir el texto bíblico, y en la segunda lo que eso implicaba para mi vida. Así una frase por día, o un versículo por día. Y luego debía orar por esa palabra. Y luego por las de los días anteriores. A medida que los días pasaban, y ya había recorrido varias veces el párrafo de Efesios, yo le preguntaba al Señor: “¿Hasta cuándo, Señor?”. Su respuesta fue: “Hasta que deje de estar en tu cabeza y sientas en tus entrañas quién eres en Cristo”. Eso me llevó un año. Salvo para predicar, no leí otro pasaje que no fuera ese.

Al cabo del año, Dios había sanado mi ser interior. No soy de acero inoxidable, pero te puedo asegurar que cuando alguien me critica ya no me afecta. Evalúo si lo que alguien dice es cierto o no. Si lo es, trato de cambiar. Y si no lo es, simplemente bendigo a esa persona y sigo adelante. Dejé de pedir que ese hermano que siempre me criticaba, se fuera de la congregación, y entendí que era un regalo de Dios para mi vida. Que si yo me dedico a hablar, no puedo hacerlo de cualquier manera. Y que Dios me había provisto un profesor de castellano excelente, y gratis.

Y tampoco las alabanzas y elogios de la gente me afectan desmedidamente. Por supuesto que prefiero que valoren lo que hago. Pero nada de lo que digan me define. Porque mi aprobación y validación en la vida no vienen de las personas, ni siquiera de lo que hago y cómo lo hago, sino de quién soy en Cristo Jesús. Yo no hubiera podido tener el ministerio que Dios me ha dado en estos casi 30 años, si no hubiera pasado por esa sanidad de mi ser interior.

Te cuento esto, por dos razones. La primera, es para que sepas, que es posible ser sanado. Que lo que te voy a compartir, lo viví primeramente. Que cuando te hable de la necesidad que tienen la mayoría de los pastores de sanidad de su autoestima, de su identidad, de su sentido de aprobación y aceptación, te lo digo como alguien que pasó por allí, y fue restaurado por Dios. Y lo mismo quiere hacer con todos, y obviamente contigo.

La segunda razón por la cual te conté mi historia, es porque quiero animarte a que hagas el mismo ejercicio espiritual de Efesios 1.3-14. Seguramente a ti te llevará mucho menos tiempo. Pero estoy convencido que te hará muy bien. Si llegas a tomar este consejo, recuerda el “hasta cuándo”. Hasta que sientas en lo más profundo de tu ser quién eres en Cristo.

Aquí quiero introducirte al ejercicio. Pero no te conformes con leer lo que sigue. Haz tú mismo el ejercicio. Recuerda que la segunda columna tiene que ver con lo que este pasaje significa para ti. Es allí donde el Espíritu Santo empieza a mostrar nuestros agujeritos, y empieza con el poder de su Palabra a sanarnos.
Eres bendito

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1.3).

El apóstol comienza con una alabanza en la que bendice a Dios. Y lo llama Padre. Esto es vital para la sanidad de tu autoconcepto y de tu autoestima, porque en la estructuración de nuestra identidad la figura paterna es clave. Papá es quien con su presencia, con sus palabras, con sus expresiones físicas, afirma la personalidad de una criatura de forma tal que crezca con sentido de aprobación, de aceptación, de valorización y de dignidad.

Buena parte de los pastores tienen dificultades en su autoestima, como resultado de una paternidad poco afirmadora de la personalidad. Entender esto es muy importante para comprender tu inseguridad o tu perfeccionismo, o tus sentimientos de inferioridad, o tus problemas de autoimagen, o tus temores.

Una de las claves de la afirmación de la personalidad de un ser humano son las palabras que recibe o no recibe desde el vientre de su madre y en los primeros años de su vida. La palabra tiene poder estructurador de realidades. La palabra no describe meramente la realidad sino que la estructura, la crea. Eso es lo que sucede con la estructuración de la personalidad. Hay un componente genético-hereditario, hay un componente social, hay situaciones de vida, que pueden ser traumáticas o positivas, que condicionan y modelan la personalidad. Pero probablemente las palabras que una criatura recibe desde la gestación sea el elemento más determinante en la conformación de su personalidad.

Lo esencial en el “formateo” psicoemocional de una persona es el amor. Y el amor se expresa. Y el vehículo principal de expresión del amor son las palabras. Lo mismo sucede con el rechazo, con la indiferencia, con el desamor, con el desprecio, con la desvalorización y cualquier otro factor destructivo para una sana autoestima.

Desde una perspectiva espiritual la Biblia habla del poder de la Palabra. “La muerte y la vida están en poder de la lengua, Y el que la ama comerá de sus frutos” (Pr. 18.21). Es decir, las personas experimentamos en nuestras vidas el fruto de las palabras que oímos y pronunciamos. Esas palabras recibidas tienen el poder de dar vida o dar muerte. En las lenguas de los padres está el poder de formar una personalidad segura, sana, con una correcta autoestima, o de deformar esa personalidad, haciéndola insegura, inconstante, con sentimientos de inferioridad, con temores. Es decir, en las palabras pronunciadas por los padres hacia los hijos está el poder de la vida o de la muerte. Y los hijos comen de su fruto.

Las consecuencias de esto en el ministerio son múltiples. Sólo mencionemos algunas. Pastores inseguros en la toma de decisiones y en la definición de la visión que la iglesia tiene que tomar. Inconstancia y falta de disciplina personal. Pastores que tienen necesidad permanente de ser reconocidos, halagados. Invitados a predicar en otras congregaciones o en congresos. Y si eso no ocurre se sienten mal. Pastores que viven compitiendo con sus consiervos, como forma de sentir que valen. Autoritarismo. Pastores que predican más de la sujeción que de la cruz de Cristo, porque necesitan producto de su inseguridad mostrar su autoridad. Pastores enfermizamente dependientes de lo que la gente diga. Como desde pequeños han escuchado a los adultos hablar mal de ellos, muchos pastores viven hablando mal de sus colegas. Y los ejemplos siguen.

Lo maravilloso es que este versículo dice que Dios nos bendijo con toda bendición. Bendecir significa decir bien. Dios dijo bien de tu vida. Pronunció palabras buenas, valorizantes, de aprobación, de dirección, de afirmación para tu vida.

¡El es tu Padre que habló bien de ti! La palabra bendecir en el texto griego es la palabra “eulogueo”, de la cual deriva nuestra palabra elogio. Es decir cuando, Dios, tu Padre Celestial, habló sobre tu vida, te elogió, te bendijo. ¡Esto es maravilloso! Saber que Dios habló bien de mí, que me elogió, saber que le gusto a Dios, es algo extraordinario.

Saber que mi Papá Dios está contento conmigo es absolutamente liberador. Pero sólo será sanador para mi autoestima en la medida en que yo lo crea. Tienes que creer que ya cuentas con la aprobación y la complacencia de tu Padre.

La aprobación perfecta y la valorización que Dios hace de tu vida, es en Cristo. No dependen de ti. Ya fueron ganadas por Cristo en la cruz. El Padre te mira a través de Cristo. Y mientras estés en Cristo, escucharás una y otra vez las mismas palabras que Jesús oyó en su bautismo: este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia. ¡Sí! ¡Referidas a ti! Tú eres, en Cristo, su hijo amado, su hija amada, y Él está contento contigo.

Mientras sigas creyendo que tu valía personal depende de lo que tus padres dijeron o no dijeron, serás siempre un esclavo imposible de liberar. Hoy tienes que empezar a creer y a afirmar que tu autoestima, tu identidad personal, tu dignidad, tu integridad, tu aprobación, tu afirmación y tu idoneidad, se basan en Cristo. Entonces serás libre definitivamente de la opinión y de los silencios de las personas. La inmensa mayoría de las personas que te rodean, incluyendo a los creyentes y a tus consiervos, también tienen problemas de autoestima. Hacer depender mi autoestima de la opinión y de los silencios de personas enfermas en su autoestima, es como pedirle a un ciego que nos guíe.

Declaración de fe

Es por eso que ahora vas a hacer una declaración poderosísima. Recuerda el poder estructurador de la palabra. Así que vas a declarar en voz alta la siguiente afirmación, y luego la vas a repetir una y otra vez a lo largo de los próximos días:

“En Cristo, yo soy bendito/a. Dios es mi Padre que ya me bendijo con toda bendición. Él habló bien de mí. Mi Padre está contento conmigo. Ya tengo en Cristo su aprobación perfecta, su valorización para todas las áreas de mi vida. De ahora en más mi identidad no depende más del reconocimiento de otras personas, ni de lo que digan de mí, sino de lo que mi Padre dijo, y su Hijo Jesús ganó para mí. Renuncio en el nombre de Jesús a toda palabra desvalorizante sobre mi vida. Me declaro bendito/a de mi Padre que me ama”.

elogio