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la familia pastoral

TELÉFONO PARA LOS PADRES

Por Sergio Sinay
TELÉFONO PARA LOS PADRES

Estos versos, que abren y cierran las 17 estrofas del poema “Canción de otoño en primavera”, cobraron vida propia desde 1905, cuando se publicaron, y, desde entonces, han sido repetidos y evocados una y otra vez. El poema destila añoranza por una época temprana de la vida y por un primer amor, ambos disueltos en el pasado, que el poeta no cesa en su afán de recuperar. Su autor, el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), cuyo verdadero nombre era Félix Rubén García Sarmiento, fue precursor y abanderado del modernismo en la literatura hispanoamericana. Se trataba de un movimiento contra las antiguas formas de la literatura (en especial la poesía), que prevalecían desde largo tiempo atrás. Con Darío a la cabeza, los modernistas trajeron nuevas palabras, buscaron las belleza de los vocablos, trataron de ligarlo con un acontecer y un escenario cercanos y reconocibles. Su lenguaje fue florido, expansivo, y apelaba constantemente a la hipérbole, exagerando sentimientos, paisajes y visiones.

Quizás Darío, que vivió en Buenos Aires como cónsul honorario de Colombia, y publicó en Argentina sus “Prosas profanas”, revisaría su nostalgia por la juventud si accediera hoy a un par de estudios que muestran una situación preocupante. Una de esas investigaciones, publicada en EL DÍA (de La Plata) una semana atrás, revela que, entre los 15 y los 17 años, el 60% de los chicos y chicas participa de “previas” en las que ya no solo corre en abundancia el alcohol sino también las drogas y psicofármacos con los cuales se lo mezcla. La conclusión es demostrativa y surge de una encuesta del Ministerio de Salud provincial que abarcó a 14 mil estudiantes en 500 cursos de escuelas. Seis de cada diez encuestados admitió haberse emborrachado al menos una vez. Cinco de cada 10 mujeres y 12 de cada 10 varones señalaron haber consumido drogas.

TESTIMONIO DE UN VACÍO

Otro trabajo, esta vez del Ministerio de Salud de la Nación encontró que el consumo de alcohol entre jóvenes se duplicó entre 2001 y 2011. Pocos días después se conocieron los datos de una encuesta mundial cuyo objetivo es detectar el grado de bienestar emocional de los jóvenes entre los 15 y los 21 años.

La realiza una ONG internacional dedicada a la educación, con sede en Londres, la Fundación Varkey. Nacidos entre 1995 y 2001, pertenecen a la que se llama Generación X. El trabajo abarcó 20 países de los cinco continentes. Argentina ocupó el puesto 19, el anteúltimo. Esto significa un alto grado de malestar emocional. Si se lo cruza con las cifras respecto de las previas, acaso se trate de un testimonio sobre el vacío existencial en el que están creciendo los jóvenes argentinos y la forma desesperada, disfuncional y a menudo trágica con que

intentan llenar ese vacío.

Los factores que, según el trabajo de la Fundación Varkey, contribuyen al bienestar emocional de los jóvenes son los siguientes: no sentirse ansiosos, poco amados o solos, tener sólidas relaciones personales con padres y amigos, sentirse saludables, bien alimentados y con suficiente sueño, tener tiempo para la reflexión. Al figurar los argentinos entre los que muestran un muy bajo índice de bienestar emocional cabe repasar estos factores enumerados para tener una idea de qué está ocurriendo en esas áreas de sus vidas.

Según la encuesta no son los famosos, no son los ídolos deportivos ni, mucho menos, los políticos a quienes los jóvenes toman como puntos de referencia. Son los padres y los docentes. Cuando se traduce en cifras, en el orden mundial, ocurre que el 70% mencionó a los docentes como sus referencias centrales. Esto es alentador en la medida porque dice que, con todas las dificultades que la educación atraviesa en un mundo mercantilista en el que se le exige mucho a cambio de muy poco, la mayoría de los docentes cumple su función. Pero es inevitable toparse con una pregunta más que inquietante: ¿dónde están los padres?

Un cuarto estudio, en este caso de la Universidad Abierta Interamericana, encontró que el 50% de padres de adolecentes permiten las previas en sus casas porque consideran que ese es el mal menor. Que se emborrachen, pero en casa. Si tal es la consigna, las cosas están peor de lo que se puede temer. Muchos de los padres entrevistados consideraron que, efectivamente, es “más seguro” que “tomen en casa” que en un boliche. En primer lugar algunos episodios recientes, como el que le costó la vida a la adolescente Lourdes Ayelén Quevedo durante una previa “casera” en Venado Tuerto, parecen desmentir la idea de que la previa doméstica es inocua. Y en segundo término, y esto es aún más grave, esta actitud parental traduce una aberrante naturalización y “normalización” de lo que es un problema serio en el orden individual, familiar y social. Lejos de encarar el problema y ser parte de la solución, como les corresponde, parece haber una tendencia paterno- materna a garantizar que el problema (alcoholismo y drogadicción adolescentes) persista pero en mejores condiciones, más cómodas.. Una forma de ser parte del problema en lugar de trabajar por la solución.

NO FALTAR AL TRABAJO

Es necesario repetir hasta el cansancio que los padres son los primeros y fundamentales educadores de sus hijos y que esa educación se erige en tres pilares. Uno, la transmisión de valores a través de la conducta (los valores no se transmiten con discursos sino con ejemplos y actitudes). Dos, la enseñanza de modelos de vínculos basados en el respeto y en la consideración de la otra persona como un fin y no como un medio (también estos modelos se enseñan a través de las relaciones que se construyen con los hijos y con el entorno). Tres, la inculcación de que toda vida tiene un sentido, que ese sentido debe reflejarse en el mejoramiento del mundo y que debe ser descubierto por quien la vive (no hay modo de educar en esto si no es viviendo, como padres y personas, una vida que demuestre compromiso, pasión con objetivos que mejoren la comunidad de la que se forma parte, acento en los valores morales antes que en los materiales).

También forma parte de esa educación la puesta de límites, la orientación hacia formas saludables de existir y la instrumentación para afrontar el dolor y la frustración, que son partes ineludibles de la vida.

Ser padre es un trabajo full time, al menos hasta que nuestros hijos pongan un pie en la vida como jóvenes adultos capacitados y autónomos, instrumentados emocionalmente, y con herramientas para construirse una vida cuyos pilotes se apoyen en una base sólida y no sobre un vacío sin fin y angustioso. En estos tiempos, muchos (demasiados) de los responsables de esta misión están faltando a su tarea. Es hora de abandonar la larga siesta de la indiferencia, no tercerizar lo que es indelegable y ser centro de la solución para que las investigaciones sobre adolescentes y jóvenes de mostrar este panorama sombrío. Teléfono para los padres.

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